sábado, 21 de enero de 2012

Una rendija de tiempo del dibujante Miguel o un palacio para mí

Miguel, en una ocasión en que corría el año 1967 y faltaba poco para que Venezuela entrara en campaña electoral, un yaracuyano, el Doctor Rafael Caldera, tenía por primera vez reales posibilidades de llegar a ser Presidente de la República. Esto mantenía en tensión a Miguel, por ser un ferviente seguidor de los ideales del partido socialcristiano Copei y prever un futuro promisor para su tierra Yaracuy y para él en particular. Todo esto le hacía decir que:
 -Yaracuy es una tierra de mucho verdor, que mas verde sería ganando el partido verde del esposo de Doña Alicia Pietri de Caldera y que el color verde es vida.
   Yo, con mucha paciencia, tenía que esperar que se calmaran sus verdes arrebatos políticos, para que, en una rendija de su tiempo, colmado de trabajos pendientes de sastre, de posturas de agua, de idas a la iglesia y de sus sesiones de música que iban de un bolero de Virginia López  a una guaracha de Manolo Monterrey, con el agregado de un infaltable baile cadencioso de Miguel, este me dijera cantando:
-Que ella baila el pompo,
 Zas-Zas,
 que ella baila el pompo…
  -¿Qué se te ofrece niño Rubén? ¡Con tal que no sea para confeccionarte un pantalón!
  -No, señor Miguel, es para ver si usted puede hacerme un dibujo que es para entregarlo a la maestra de mi escuela.
  Ah bueno!-  responde.
  -Te voy a dibujar el palacio de gobierno de Yaracuy, en donde los adecos van a tener que recibir como Presidente de la República a nuestro máximo líder el Doctor  Rafael Caldera, un socialcristiano que es por decir poco, Celestial.
            Creí comprender en el momento lo de celestial, y me dije: un hombre grande porque la palabra debe venir de cielo.
 -Te dibujaré el de Yaracuy porque ¡qué van a saber esas maestras de palacios, si ni siquiera han salido de San Felipe!
            Sentí alegría por  la aceptación de Miguel hacerme el dibujo y lograr que dejara su efervescencia socialcristiana manifestada en su ciego seguimiento al Doctor Caldera.
            En el momento de esbozar los trazos iniciales del palacio de San Felipe, donde los adecos iban a tener que recibir al Doctor Rafael Caldera como presidente, yo pedía a Dios para que no llegara nadie a pretender que el dibujante hiciera alguna postura de agua en medio del dibujo y con eso interrumpir la construcción del palacio en la hoja de papel. Ni que encendiera su tocadiscos de setenta y ocho revoluciones por minuto para oír las guarachas que venían seguidas del canto y baile de Miguel.
             ¡No!, Yo solo quería que Miguel fuera el excelente dibujante que siempre fue.
Y casi rogaba fervorosamente para que la suerte me favoreciera:
Gracias a Dios por permitir que Miguel, sólo dibujara el palacio para mi,         que no fuera interrumpido por el sagrado sacramento del Bautizo de Agua,    que no tuviera que contonear su cuerpo al ritmo de la canción de los Melódicos, que no se animara a cantar doblando la voz de Manolo Monterrey, ni que el verdor de su copeyanismo permanente,ni de su calderismo presente hasta sus últimos días, impregnaran el blanco palacio que dibujó para mí, en sus finos trazos de lápiz Mongol número dos, en aquel día de 1967.
Amén.
Y dijo la maestra:
-Rubén Naranjo, tiene veinte puntos su dibujo, ¡Usted es un excelente dibujante!
  Pensé, para mis adentros: ¡Será Miguel ese excelente dibujante!


Rubén Naranjo

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